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El poder de los hábitos

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Los hábitos son cosas complejas. Somos más que nuestros hábitos, pero ciertamente no menos. Vivimos gran parte de nuestras vidas de acuerdo a nuestros hábitos, pero seguimos siendo responsables de lo que hacemos y de lo que no hacemos. Algunos hábitos surgen sin ninguna premeditación y a través de acciones repetitivas y sin sentido, mientras que otros se crean sólo a través de esfuerzos deliberados. Como cristianos trabajamos para construir hábitos piadosos y dejar a un lado los hábitos impíos, pero aprendemos a no depender de los hábitos para nuestra salvación o a apoyarnos demasiado en ellos para la santificación. 

Los hábitos son el tema del best seller El poder del hábito: Por qué hacemos lo que hacemos en la vida y en los negocios por Charles Duhigg. Es un libro fascinante, especialmente cuando se centra en los hábitos que hacen que nuestras vidas sean lo que son. 

Somos criaturas de hábitos, y debo asumir que Dios nos diseñó así. Nos diseñó para que formáramos vías neurológicas que nos condicionan para hacer ciertas cosas en una especie de rutina. “Cuando surge un hábito, el cerebro deja de participar plenamente en la toma de decisiones. Deja de trabajar de forma intensa, o desvía la atención a otras tareas. Así que, a menos que luches deliberadamente contra un hábito, a menos que encuentres nuevas rutinas, el patrón se desarrollará automáticamente”. 

Aquí vemos tanto la belleza como el horror de los hábitos, la belleza de los hábitos como existirían en un mundo perfecto y el horror de los hábitos como existen en un mundo manchado por el pecado. Los hábitos permiten que el comportamiento se desarrolle automáticamente y sin pensar, de modo que una vez que los ponemos en marcha, se despliegan a lo largo de caminos ya establecidos. “El problema es que tu cerebro no puede diferenciar entre hábitos buenos y malos, de manera que si tienes uno malo, siempre está al acecho, esperando las señales y recompensas correctas”. Tanto la virtud como el vicio pueden empaquetarse dentro de los hábitos, de modo que, hasta cierto punto, tanto las acciones positivas como las negativas pueden realizarse en un nivel casi subconsciente. 

Por eso nos enseñamos a nosotros mismos a formar hábitos como leer la Biblia al principio del día o tener un culto familiar inmediatamente después de la cena —una vez que el hábito se establece, obedeceremos su llamado para hacer aquellas cosas que son realmente importantes para nuestras vidas. Y es por eso que tenemos tantos problemas para luchar contra esos hábitos de pecado establecidos desde hace mucho tiempo —una vez que el hábito se establece, vamos a luchar para desobedecer su llamado a hacer esas cosas que son tan destructivas. Al parecer debería ser muy fácil dejar de ver pornografía, dejar de beber en exceso, o dejar de atiborrarse de comida, pero nuestros hábitos nos conducen y nos engatusan en viejos patrones de conducta. 

En el fondo, los hábitos son algo bastante simple. “Así es como se crean los nuevos hábitos: juntando una señal, una rutina y una recompensa, y luego cultivando un anhelo que estimula el circuito de comportamiento”. El anhelo es la clave: Las cosas que anhelamos son las que impulsan nuestros hábitos. Si queremos formar buenos hábitos, necesitamos anhelar las cosas correctas, y si queremos romper los malos hábitos, necesitamos aprender a controlar los malos deseos. Duhigg dice, “Los antojos son los que impulsan los hábitos. Y descubrir cómo provocar un antojo hace que sea más fácil crear un nuevo hábito”. 

Duhigg mira los hábitos desde una perspectiva decididamente no cristiana y evolutiva, pero aún así ofrece una gran cantidad de sabiduría que será de gran interés para los cristianos. Me interesé especialmente en ver a Duhigg hacer valer la importancia de la comunidad para superar los hábitos negativos. “La evidencia es clara: si quieres cambiar un hábito, debes encontrar una rutina alternativa, y tus probabilidades de éxito aumentan dramáticamente cuando te comprometes a cambiar como parte de un grupo. Creer es algo esencial, y que crece a partir de una experiencia comunitaria, incluso si esa comunidad es sólo de dos personas”.

Esto suena completamente consistente con una ética cristiana que llama a los cristianos a confesar sus pecados entre sí, a orar los unos por los otros y a llevar las cargas de los demás. Esto es sumamente importante cuando se trata de superar viejos y pecaminosos patrones de comportamiento. 

Cuando Pablo nos dijo que nos transformáramos por la renovación de nuestras mentes (ver Romanos 12:2), estoy seguro de que se refería no sólo a los pensamientos, sino también a los hábitos porque los hábitos también surgen de la mente.

Duhigg nos muestra el poder de los hábitos, pero también la importancia de superar y reemplazar los malos hábitos. Después de todo, ”una vez que sabes que un [mal] hábito existe, tienes la responsabilidad de cambiarlo”. Como cristianos que reconocemos la existencia de Dios, tenemos la responsabilidad de usar el poder del hábito con el mayor cuidado y la mayor sabiduría. 

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