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Sanidad Del Matrimonio

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Nadie puede dudar que el matrimonio de hoy está en crisis. El divorcio es como un virus contagioso y mortal. Sin embargo, "divorcio" no necesariamente quiere decir exclusivamente separación física. Es importante entonces señalar que muchas parejas que viven bajo el mismo techo, están "divorciados" en todo el sentido de la palabra, aunque no posean los papeles legales de separación. Quizás viven en cuartos separados, cada uno en su propio mundo, y usan a sus hijos para llevar mensajes del uno al otro, como: "Dile a tu papá (quien está sentado frente a ella) que...". En otros casos, aunque viven en sitios diferentes, sin embargo, ella sigue preparando su comida y lavando su ropa mientras que él goza de la vida con sus amantes de turno. Aunque parecería imposible de creer, hay familias donde este escenario se repite de generación en generación. Si Dios mismo instituyó el matrimonio para ser la expresión del amor y la unión humana en su plenitud, ¿por qué es tan difícil vivir en esta relación?

¿Por qué, si Él mismo creó al hombre y a la mujer para que funcionaran como seres diferentes, pero totalmente complementados, es tan difícil vivir juntos como complemento el uno del otro?

Cuando aconsejo a matrimonios, me encuentro constantemente repitiendo, vez tras vez, unos principios básicos que les provee nuevos modelos y guías para mejorar la comunicación, relacionarse con más comprensión y entender mejor por qué no pueden sentir el amor del otro, ni llenar sus mutuas necesidades básicas.

Cuando el matrimonio llega al punto de crisis, que es
cuando la mayoría busca ayuda, casi siempre tiene como
trasfondo un sinnúmero de experiencias dolorosas que han
levantado barreras entre los dos de tal magnitud, que tienen
que tratar primero con estas recuerdos dolorosas antes de que cualquier idea de reconciliación pueda empezar a tomar forma. Estos recuerdos, a su vez pueden llegar a formar obsesiones tan fijas que bloquean completamente cualquier sentimiento o idea de que aún pudiera quedar algo bueno dentro del matrimonio. Estos recuerdos funcionan como videos en nuestro inconsciente y proyectan su dolor a todas las áreas de nuestra
vida diaria. Aunque la sanidad individual de cada cónyuge
debe ocurrir, así mismo, la sanidad y el perdón entre cónyuges
también debe tener lugar. El capítulo tres trata sobre este
tema.
Es necesario decir que cualquier relación que perdura por
toda la vida pasa por diferentes etapas como, recién casados,
crianza y establecimiento de los hijos, vivir sin hijos otra vez,
y por último, la soledad de experimentar la muerte del otro.
El período de transición de una etapa de la vida a otra trae
consigo un tiempo de vulnerabilidad para el matrimonio. Si
no logramos pasar esa transición de una etapa a otra apropiadamente, todas las futuras etapas del matrimonio quedan en peligro. A la vez, al dejar una etapa de la vida para entrar a la próxima, hay un sentido de pérdida por lo que dejamos atrás.
Este sentido de pérdida nos lleva a un tiempo de duelo por lo perdido, antes de que podamos proseguir a la siguiente etapa.

A pesar de que todo matrimonio pasa por las crisis de las
transiciones entre etapas, algunos parecen ser más vulnerables
a la separación y el divorcio que otros.

En un estado de depresión (considerado también como la
cuarta fase del duelo), las emociones normales parecen como si hubiesen muerto y como si nunca pudiesen despertar de nuevo. Al deprimimos no podemos sentir amor por nuestro cónyuge,lo cual nos hace vulnerables cuando surge la adrenalina de la posibilidad de establecer una nueva relación; esto solamente nos lleva a nuevos problemas y aun mayores que los que nos causaron la depresión. Dios nos dice que Él visita los pecados de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación, guarda Su pacto y Su misericordia hasta mil generaciones (Exodo 20:5-6;
Deuteronomio 7:9).
Muchas personas que vienen de familias con muchos problemas tales como divorcios, infidelidades, peleas y caos, quizás ellas mismas con varios fracasos matrimoniales en su pasado, se entregan a Cristo y empiezan una
vida nueva. Entonces se casan de nuevo, esperando que por la sencilla razón de haber escogido un compañero creyente, el nuevo matrimonio resulte totalmente diferente a todos sus anteriores matrimonios. Sin embargo, muy pronto confrontan muchos de los mismos problemas de antes, o problemas que
son similares a los de los matrimonios de sus padres y, como
consecuencia, se confunden, desilusionan, y enojan con Dios.

¿Acaso Dios no había hecho todo nuevo? ¿No son ellos nuevas criaturas en Cristo? lEntonces, por qué es que no todo ha cambiado?
La respuesta puede ser que, así como Daniel pasó toda su vida en esclavitud, no como consecuencia de lo que él había hecho, sino de los pecados de sus antepasados (los reyes de Israel), muchos de estos creyentes pueden estar aún bajo opresión espiritual debido a cadenas familiares de pecado o a causa de la vida que llevaron antes de conocer a Cristo. Esta realidad hace sus vidas y sus matrimonios muy vulnerables a
problemas, peleas y divorcios.

Aunque, idealmente hablando, los matrimonios sólo deberían romperse a causa de la muerte, en realidad hay muchas razones por las cuales los matrimonios terminan. Algunas de esas razones son, la infidelidad, el abuso, adicciones, y muchas otras más. En estos casos, el dolor es más agudo y más prolongado que el dolor que resulta cuando uno de los cónyuges muere, y requiere un tiempo extenso de duelo antes de que la persona pueda estabilizarse otra vez.

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