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El llamado es difícil

A medida que las mujeres cristianas se han ido discipulando y reformando en su manera de pensar, muchas han tomado decisiones difíciles y no muy aplaudidas por el mundo. Muchas han dejado los logros y el reconocimiento terrenal para abrazar un llamado mucho más solitario, y poco valorado: el de mamá.  Es indiscutible que el llamado es sacrificial. Como bien lo expresa Rachel Jankovic,

“La maternidad es una de las grandes ligas de abnegación. Millones de mujeres matan por evitarlo. En una cultura de auto-gratificación, abrazar una maternidad abnegada es en sí un acto revolucionario.”

La maternidad desafía nuestro egocentrismo y nuestra inclinación de vivir para nosotras mismas. El llamado nos obliga a anteponer las necesidades de otros antes que las nuestras. Para estas cosas ¿quién es suficiente? 2 Co. 2:16

Cada día se hace más difícil vivir piadosamente en un mundo que anda de espaldas a Dios. El enemigo no solo está “allá afuera”, muchas veces está en nuestras propias filas y dentro de nuestros propios corazones. La batalla se libra de manera muy evidente en el ámbito de la maternidad. 

Hay una guerra

Tristemente, en su deseo de ser las ‘madres perfectas’, y de encontrar significado en el llamado, las madres han dado lugar a una guerra:

“Con demasiada frecuencia valoramos más nuestros hogares de lo que valoramos a Cristo. Como consecuencia, lo que Él ha dado como bendición y una fuente de santificación se convierte en un medio de logros y hazañas. Nuestros hijos bien portados o nuestra habilidades organizacionales se convierten en una exhibición de nuestro valor y virtud. Nuestros hogares se convierten en cosas de qué jactarnos, auto elevarnos o el criterio para hacer comparaciones. Nos aferramos a nuestro tesoro, pensando que el hogar está bajo nuestro control, que es de nuestra posesión, que hemos creado y cultivado algo especial.”