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Emociones prohibidas, gente limitada

Emociones prohibidas, gente limitada

El 4 de julio fue simplemente una de esas muchas veces que negué una parte muy humana de mí, mis verdaderos sentimientos.
Creía que esos sentimientos no eran buenos y que tenerlos me harían una mala persona.
Sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, me hablaba acerca de ellos: «No reconozcas esos sentimientos. No son reales. Al final desaparecerán si los ignoras».
Siempre había sido bastante fácil para mí expresar emoción y entusiasmo de una forma sincera. Con todo, las emociones complicadas como el enojo, la tristeza y el temor resultaban más difíciles de manejar. Me sentía culpable y avergonzada de sentirlas.

La manera en que reaccionamos ante ciertas emociones está directamente relacionada con la forma en que estas se manejaban en nuestra familia de origen. Si tus padres o quienes te criaron limitaban sus posibilidades de pensamientos y sentimientos, naturalmente tus posibilidades, deseos y emociones aceptables también se verán restringidos.
Los niños a los que no se les permite expresar ciertas emociones, con el correr del tiempo, llegan a la siguiente conclusión: «¿Por qué sentir eso después de todo?». Reglas tácitas como «una buena niña siempre sonríe en la iglesia» o «una persona amable nunca está tensa ni sufre de una depresión inexplicable» crean barreras reales
que sofocan la autenticidad y la espontaneidad en las relaciones.
Por desdicha, muchas iglesias refuerzan este abordaje paralizante, perpetuando un estilo de vida en el cual lidiamos con sentimientos angustiantes de maneras confusas y que nos somos capaces de distinguir. En realidad, la mayoría de los cristianos que conozco hoy en día se sienten poco espirituales al intentar poner en claro la fuente de sus sentimientos.
Cuando era una joven cristiana, la enseñanza bíblica que recibí enfatizaba el gozo, el hecho de vencer obstáculos y ser fuertes en Cristo. El enojo y la tristeza se reconocían en el contexto de juzgar u orar por los que «luchaban» con esas emociones complicadas.
Aprendí que se suponía que debía regocijarme aun si estaba triste o enfadada. En efecto no debía contar mis temores, ya que la Biblia estaba llena de mandatos a no temer. Esos sentimientos eran prácticamente sinónimos de pecado. Imaginábamos, o esperábamos, que reprimiéndolos e ignorándolos de algún modo desaparecerían.
Esta comprensión superficial e incompleta de la visión de las Escrituras sobre nuestra humanidad casi me destruye. Cuando menos, atrofió severamente mi crecimiento espiritual y mi habilidad de amar bien.
Esta visión trágica también erosiona toda posibilidad de desarrollar una comunidad cristiana auténtica. Construimos muros de separación y no nos podemos ver bien unos a otros. Le tememos a la vulnerabilidad y mentimos acerca de lo que sucede en nuestro interior. En vez de invitar a las personas a estar más plenamente vivas, de forma inconsciente creamos una subcultura religiosa que coarta y priva a la gente de experimentar todas las etapas de su
humanidad según les fue dada por Dios. Desdeñamos la noción de que el mundo conocerá a Jesús mediante el amor que tengamos los unos por los otros (Juan 13:34-35). ¿Cómo puede conocernos el mundo cuando no nos conocemos verdaderamente a nosotros mismos o a los demás?

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